Antes de 1989, las dos Alemanias tenían enfoques migratorios distintos, pero ambos contrastaban con la futura diversidad post-reunificación.
En la República Federal de Alemania (RFA), la prosperidad del "milagro económico" de posguerra generó una necesidad de mano de obra. Desde la década de 1950, la RFA implementó una política de "trabajadores invitados" (Gastarbeiter), reclutando principalmente de países como Turquía, Italia, Grecia y Yugoslavia. Sin embargo, como señalan académicos como Herbert (2001) y Bade y Oltmer (2004), la idea predominante era que estos trabajadores eran temporales y regresarían a sus países de origen, por lo que no se desarrollaron políticas de integración a largo plazo. Esta fue una "no-política de inmigración" que sentó las bases para futuros desafíos.
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Por otro lado, la República Democrática Alemana (RDA), el estado socialista, implementó una política migratoria extremadamente restrictiva. Se buscaba detener la emigración masiva de sus propios ciudadanos hacia el Oeste, una "fuga de cerebros" y mano de obra que debilitaba su economía. Esta fue la principal razón detrás de la construcción del Muro de Berlín en 1961 (Schildt & Siegfried, 2008). Aunque la RDA sí recibía algunos trabajadores extranjeros bajo contratos específicos de otros países socialistas (como Vietnam, Cuba o Mozambique), eran contingentes pequeños y altamente controlados, sin un enfoque de integración.
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